Slow morning
El privilegio de poder vivir la mañana sin prisa y robar al sol la luz que te hace sentir vivo.
La luz entra por mi ventana de forma diferente a cuando duermo en mi casa. Es normal, las persianas del pueblo no son tan nuevas como las de la ciudad y permiten que el sol se cuele en la habitación aunque todavía nadie le haya invitado. Miro mi reloj apoyado en la mesilla (nunca duermo con él puesto) y veo un color azul que destaca entre las manecillas de la hora: significa que es sábado. Hay una función que me encanta de mi Seiko, y es que tiene un fechador que marca los días de la semana. De lunes a viernes aparece en negro. El sábado, azul; y el domingo, rojo. Llevo poniéndome este reloj tres meses seguidos y está función me ha enamorado. Los sábados son azul, como el cuaderno de matemáticas. Los domingos son rojos, como el cuaderno de lengua. ¿Tienen colores los días de la semana? Para mí ahora sí.
Me pongo el reloj, marca las 09:10. De fondo en la cocina se escuchan los sonidos de mi sobrino de año y medio desayunando. Se ríe y come. El sonido de la vida, supongo. Me acerco allí y le hago una mueca de buenos días y él saca una sonrisa a medias porque tiene la boca llena. ¿Quiero desayunar o quiero un café? Preguntas que solo te puedes hacer las mañanas es las que se te permite vivir lento. Puedo decidir ahora o puedo meditar la decisión utilizando otra de las ventajas de vivir en el pueblo: salir a la calle a que me de el sol. En la ciudad tengo que bajar los cinco pisos que me separan del aire fresco para sentir, entre edificios, la luz del astro rey. En el pueblo es diferente. Dos pasos me separan de una puerta que se abre hacia la libertad del campo abierto. Mi pueblo termina donde termina mi casa. La carretera se convierte en camino a diez metro de mi puerta. Salgo y dejo que el sol de abril me abrace. Mi sensación es que me pertenece y solo me está dando su calor a mí. No hay prisa y me quedo cinco minutos embobado con los ojos entrecerrados. Huberman estaría orgulloso de mi rutina mañanera.
Vuelvo a entrar en casa con la decisión tomada de que el café es lo primero que voy a ingerir esta mañana primaveral. Os podría vender que molí el café despacito y lo preparé con cariño en la italiana, pero la realidad es que, desde hace unos meses, hay en mi casa una cafetera de cápsulas y me estoy acostumbrando a su comodidad. Sabe realmente bien el café
(He tenido que dejar de escribir porque Bruno, mi sobrino, me necesitaba).
Os estaba contando que el café de cápsulas está bastante bueno para lo poco que cuesta prepararlo. Es la derivación lógica de una sociedad que cada vez quiere vivir más cómoda. Seleccionar tu cápsula de café favorita, meterla en una máquina y tener un café que sabe siempre igual listo en veinticinco segundos. Sé que cuando pueda permitírmelo tendré una expreso en mi casa y me prepararé el café con algo más de cariño (y sostenibilidad). Hasta entonces me quedo con mis cápsulas “chiaro”. Son las que mas me gustan.
Mientras tomo el café reflexiono sobre los días seguidos que llevo poniéndome mi reloj, y eso que tengo más de diez modelos diferentes. Pero, desde que lo tengo, siempre me armo con mi Seiko negro. Cada vez estoy más convencido de que no me voy a comprar muchos más relojes en mi vida. No los necesito. Soy muy feliz con mi Casio F91w, con mi Seiko Sports y con mi Laco flieger. Con esos tres ahora me bastaría, por lo que si aparece uno nuevo en mi colección va a tener que cumplir muchísimas exigencias. En la sociedad del consumo hay algo intrínsecamente positivo en no-consumir. Me bombardean con anuncios y yo solo compro lo que necesito realmente. No consumo, sino que asumo lo que tengo y normalmente me basta sin la necesidad de comprar más. Así siento que tengo el control sobre lo que compro y no que el libre mercado me controla a mí.
Después de terminarme el café unto dos tostadas con aguacate, aceite y sal. Las como sin estar mirando nada en el móvil, sin estar escuchando nada en la radio. Simplemente estoy presente y soy consciente de los movimientos que hay a mi alrededor y de lo rico que sabe un desayuno cuando no tienes prisa por comerlo. Mi siguiente paso es sentarme a escribir esto. Normalmente escribo los lunes, pero esta semana ha sido complicada y hasta el sábado no he podido centrarme en este mensaje que te llega todos los lunes.
Abro mi ordenador y busco a mi músico favorito del momento: Fred again. Qué increíble es descubrir música nueva que conecta contigo. Cuando mi amigo José me pasó una sesión en la que Fred pinchaba y escuché la primera canción supe que por mis oídos entraría su discografía entera. Para esta sesión de escritura voy a escuchar un concierto que tiene en el tejado de un edificio durante el atardecer, se llama: Actual Life 2 piano live (20 march 2022). En la descripción de ese vídeo el mismo Fred recomienda escuchar este concierto al amanecer o al atardecer mientras paseas y piensas en lo que se te venga a la cabeza. Para mí es la banda sonora perfecta de una mañana lenta en la que no tienes prisa por hacer nada. No hay “debes hacer”, solo “quieres hacer”. No está la prisa del reloj corriendo porque llegas tarde, porque no hay que llegar a ningún sitio. Solo tienes que estar y ya.
Mi familia se ha ido a tomar un café a la cafetería del pueblo y yo me he quedado escribiendo esta mini memoria de lo que puede significar una mañana lenta sin preocupaciones. Después de terminarla me voy a leer De ratones y hombres, un libro que ya leí en el instituto pero del cual no recuerdo nada. Me voy a poner a leer en el banco de enfrente de mi casa, sin camiseta, con una gorra y al sol. Sin pensar en la hora que es pero con el reloj en la muñeca. Los privilegios de las mañanas lentas.
¿Qué me estoy leyendo ahora?
De ratones y hombres de Steinbeck
Y la cita de la semana es…
In the middle of this, in the middle of this... I found you.
Fred again, Kyle (I found you)
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Néstor Baruque






Fue agradable leer esto. En mi caso, jamás tengo mañanas lentas debido a que trabajo de noche, todos los días, mis días de descanso son para ir al cine, leer y dormir. Lo que sí tengo son madrugadas lentas, en las que no hay prisa de nada solo de dormir. Hay una canción de Little Jesus llamada Norte que dice “ay, que mal… que tengas que dormir cuando el día acaba de empezar” y esa se ha convertido en mi rutina. Veo el sol y esa es mi alarma de irme a dormir. Este texto tuyo me comenta que tal vez me esté perdiendo de algo, estoy de acuerdo.
Recién me cambiaron mi horario de trabajo y ahora empiezo a trabajar al mediodía. Es la cosa más sabrosa ir cada 2 días al parque de mi ciudad con mi abuelo y caminar mientras sale el sol. Cada quien lo hace a su ritmo así que él tiene su ejercicio matutino y yo mi momento de reflexión (como me es imposible estar 100% en silencio descubrí que la música de Minecraft es mi compañía perfecta para esos días)